El gigantesco oso polar disecado junto a la cinta de recogida de equipajes no dejaba lugar a dudas. Por fin, había llegado. Bueno, a decir verdad, había llegado al punto de partida desde donde arrancaría la travesía que me disponía a realizar. Lo que en realidad quiero decir, es que había llegado al punto más al Norte que nunca había estado. Pero no al Norte de España. Ni siquiera al Norte de Europa. Si no, al Norte del Norte. A un lugar casi fuera de los mapas. A unas latitudes completamente ajenas a mi mundo. Me encontraba a ochocientos kilómetros al Norte del punto más al Norte de Noruega. Más al Norte del Círculo Polar Ártico. Tan al Norte que para contemplar auroras boreales había que mirar hacia el Sur.
Desde el avión, Svalbard se exhibía como una gran masa blanca en medio del océano. En realidad, era un archipiélago, pero solo Spitzbergen, la isla más grande, está habitada. Habitada por el hombre, quiero decir. Porque aquí la naturaleza se mostraba radiante de vida.
Recogí vacilante mi mochila y me aventuré a cruzar la puerta de salida del aeropuerto, como si atravesara uno de esos portales mágicos que te trasportan a otro mundo. Porque realmente era eso para mí. Otro mundo. Un mundo que parecía solo reservado a tipos como Roald Amundsen. Con los pies al otro lado, pude comprobar que el blanco lo invadía todo. Hasta el último rincón de tierra estaba cubierto de nieve. Y el gélido frío abrazaba cada partícula de aire haciéndolo denso y pesado. Tan denso que respirar se volvía un esfuerzo sobrehumano.
Entre toda aquella nieve, se distinguía a duras penas un pequeño autobús que esperaba para transportar a los osados viajeros hasta Longyearbyen. La capital de este remoto lugar que, además, ostentaba el título de ser la ciudad habitada más septentrional del planeta. Ni el peso de mi mochila ni aquel pasajero titubeando delante de la puerta del autobús impidieron que me subiera en él, dando por zanjado cualquier duda sobre que este era el lugar más frío en el que había estado nunca.
Longyearbyen, capital del extremo Norte
Longyearbyen es un antiguo asentamiento minero fundado por una compañía estadounidense a principios del siglo XIX, y que años más tarde fue vendida a una compañía noruega. La extracción de carbón sigue siendo una actividad importante, aunque hoy en día rivaliza con el turismo, cada vez más en auge. Una solitaria carretera conectaba el aeropuerto con la ciudad. Tan solo acompañada por la vía de una mina que discurría en paralelo. Es la única carretera que existe en estas islas. Aquí las personas se desplazan en motonieves o en trineos tirados por perros.

La carretera se adentraba en un valle con laderas tan inclinadas que casi parecían muros. Huelga decir, que el valle era también blanco. Como todo aquí. Todo, salvo las cimas más altas de las montañas que asomaban ligeramente como puntiagudos colmillos de roca. Y en las puertas de aquel valle se situaba la diminuta ciudad. Parecía la mandíbula de algún extraño y gigantesco monstruo blanco a punto de engullir Longyearbyen. Vista desde lejos, lo de “capital” parecía más bien un chiste. O al menos, no era lo que yo definiría como la capital de un lugar. No se veían grandes avenidas ni edificios importantes. Apenas un puñado de casas en una lucha constante contra las inclemencias naturales. Pero pronto descubriría que aquí había muchas cosas donde lo normal no era lo que yo entendía como normal.
Según nos acercábamos, los edificios se disponían a lo largo de la carretera que llegaba hasta el final del valle, como si alguien a su paso hubiera ido tirando casitas del Monopoly que se hundían sin dificultad en la nieve. Edificios bastante sobrios y grises que combinaban con los picos desnudos de las montañas. Una imagen monocromática que solo se veía salpicada por un grupo de casas coloridas apiñadas junto a una de las laderas del valle, en un intento de quitarle dramatismo a la escena sobrecogedora que la naturaleza tenía en este lugar. Y en el lado opuesto al valle, se situaba el descomunal fiordo de Isfjord, que era la puerta de entrada de los barcos que arribaban hasta aquí.
El autobús solo hacía una parada, de modo que nos bajamos todos a la vez. Nevaba ligeramente, pero antes de irme al hotel, preferí darme un paseo por la ciudad. Las casas no eran las únicas que se hundían en la nieve. No mover los vehículos en pocos días suponía que quedaran sepultados completamente bajo la nieve. ¡Como para unas prisas!, pensé mientras deambulaba en busca de algún lugar cálido para repasar mis anotaciones de la travesía que tenía entre manos.

En la capital de este remoto lugar solo había una cosa de cada. Un supermercado, un hotel, un pub, una cafetería, una iglesia… y de algunas cosas ni siquiera una. Por ejemplo, si necesitabas un hospital, tenías que desplazarte hasta Noruega. Por no hablar de morirse. ¿Morirse aquí? ¡Estaba totalmente prohibido! El pequeño cementerio que había aquí, cerró en la década de 1950 cuando se descubrió que los cadáveres no se descomponían. Al fin y al cabo, es lo que tiene el permafrost, ¡no deja que te pudras a gusto! De modo que desde entonces los cuerpos se envían a Noruega para recibir sepultura.
Un café caro, anotaciones y un gran mapa
Mientras caminaba por la calle principal encontré la cafetería que buscaba. Se encontraba frente a la estatua de un minero a la que habían abrigado con una bufanda, por si aún quedaba duda alguna de que en este lugar hacía un frío del carajo.
—Hola, ¿Querías algo?
— Eh… Eeeh… Sí, quería un café con leche, por favor — contesté indeciso mientras me quedaba sin tiempo para elegir algo que no me costara un riñón.
En Svalbard todo era caro. Y el café no lo iba a ser menos. Vivir en un lugar tan remoto y extremo significaba tener que importar prácticamente todo lo que se necesitaba. Aquí solo había carbón en abundancia. Bueno, y nieve. De eso también había por todos lados.
Cuando los dedos empezaron a revivir fui sacando mi cuaderno y un par de mapas, y los distribuí sobre la mesa del fondo de aquella cafetería. Abrí el cuaderno por la página que había rotulado, durante los tiempos muertos en el aeropuerto de Oslo, con el nombre de “Pyramiden”.
En efecto, ahí me dirigía. Por si no había llegado suficientemente al Norte, mañana pretendía embarcarme en una travesía que me llevara más al Norte aún. Hasta el paralelo 79, donde se ubicaba la antigua ciudad soviética de Pyramiden. Era un recorrido aproximado de 140 kilómetros en motonieve a través de la tundra y con la atenta mirada de los monumentales fiordos.
Pyramiden nació como otra ciudad minera en busca de la preciada antracita. Fue fundada por los suecos y vendida poco después a los soviéticos. Vivió sus años dorados hasta el desmantelamiento de la URSS, y hoy es una ciudad fantasma perdida en el Ártico.
¡Ah! Casi lo olvidaba. Quería comprar algunas provisiones para la travesía antes de irme al hotel. De modo que di cuenta del café que aún quedaba en la taza, y me puse de nuevo guantes, bufanda, jersey y abrigo para volver al frío. En el supermercado pude reafirmar que todo era muy caro, de modo que mi compra fue irrisoria. Después de andar calle arriba, llegué finalmente al hotel. Era uno de los últimos edificios al fondo del valle. Tenía un acogedor vestíbulo de madera que hacía olvidar con rapidez el frío del exterior. Eso sí, tenían una pantalla para informar sobre la meteorología, para que tampoco pudieras olvidarte en exceso. En ese momento, la temperatura que indicaba era de -16°C. Estaba agotado. Había sido un día muy largo. Abrí la puerta de la habitación, me quité las trescientas capas de ropa a duras penas y caí rendido.
Eran las 7 de la mañana del día siguiente. Había desayunado, me había puesto de nuevo las trescientas capas de ropa y me encontraba en el vestíbulo del hotel esperando a que me recogiera la empresa de motonieves. La travesía comenzaba pronto ya que era necesario emplear unas 10 horas aproximadamente para realizar el trayecto completo y regresar hasta Longyearbyen.
A pesar de lo pronto que era, había amanecido hacía ya varias horas. En Svalbard, los días y las noches no se alternan con la frecuencia habitual con la que ocurre en España. Era mediados de abril, justo cuando la noche polar empieza a ser reemplazada por el sol de medianoche. En esta época, estas islas se van despertando del letargo tras varios meses en plena oscuridad para convivir con luz solar permanente durante otros tantos meses.
Tomé la furgoneta que me llevó junto al muelle, donde se encontraba la oficina de la empresa de motonieves. En la recepción esperaban Logan y Sophie, una simpática pareja de australianos. Ambos tenían el pelo largo y negro con varios pendientes en las orejas. Y también se encontraba Antoine, un señor francés de unos cincuenta y tantos años, de pelo canoso y muy hablador. Ellos serían mis compañeros durante la travesía.
—¡Hola!, ¡Venid aquí! — voceó una chica desde la puerta de una sala. Entramos en aquella sala y siguiendo sus instrucciones nos sentamos frente a un enorme mapa de Spitzbergen. Mis ojos ya no podían mirar otra cosa. ¡Me fascinan los mapas! Y aquel mapa de dos por dos metros del remoto Norte en el que me encontraba me hipnotizó. Recuerdo las clases de Geografía del colegio. Podía pasarme la clase entera escudriñando los mapas del libro de texto. Sin embargo, los dedos de la chica deslizándose sobre el mapa consiguieron que recobrara la atención en las explicaciones que daba.
Ella era Sara, una chica noruega que llevaba cuatro años en Svalbard realizando expediciones, y sería nuestra guía durante esta travesía. Durante el resto de sus explicaciones, me abstraje en varias ocasiones más sin poderlo remediar. Perdía la mirada por el mapa pensando que misterios aguardarían en otros lugares de la isla.
En resumidas cuentas, pretendíamos llegar a Pyramiden conduciendo por la costa, en paralelo al gran fiordo de Isfjord. El punto crítico de la expedición era atravesar Tempelfjord y Billefjord, los hermanos menores de Isfjord. Si el deshielo aún nos lo permitía, alcanzaríamos la ciudad soviética en poco tiempo. De lo contrario, tendríamos que abandonar la costa e internarnos en la tundra más hostil. Un desvío que casi seguro nos obligaría a pasar la noche en Pyramiden.
Salimos de nuevo al blanco. Allí estaban esperando nuestras motonieves. Sara nos dio unas indicaciones rápidas sobre cómo manejarlas. A continuación, cargamos las mochilas y demás enseres en ellas. Nunca había manejado un cacharro de estos, pero siendo sincero no me preocupaba mucho. No esperaba encontrar tráfico en aquella inmensidad blanca.
Todo al blanco
Nos pusimos cascos y guantes, y al grito de fram! partimos hacia lo desconocido. No era una palabra vacía. Todo lo contrario. Sara conocía de sobra su significado. En noruego significaba “Adelante”, pero más allá de eso, Fram era el nombre del barco usado por los grandes exploradores noruegos, como Nansen y Amundsen, en sus expediciones árticas y antárticas. Un símbolo de las exploraciones polares que todavía hoy se conserva y se puede visitar en el museo que lleva su nombre en Oslo.
Tardamos poco en rebasar las últimas casas de Longyearbyen. La diminuta capital se iba quedando atrás, perdiéndose en la inmensidad del valle. Delante de nosotros apareció de repente una señal triangular roja con la silueta de un oso blanco sobre un fondo negro, al contrario de las señales tradicionales. Y justo debajo se leía Gjelder hele Svalbard. No era la primera vez que veía esta señal. Ya la había visto desde el autobús cuando entrábamos a Longyearbyen. Estaba en todos los límites de la ciudad para indicar la presencia de osos polares. Y no era para menos. El archipiélago tenía la mayor concentración de osos polares del mundo. Aquí había más osos polares que personas.

Mientras nos íbamos acostumbrando a manejar las motos, nos encontramos unas cuantas granjas de perros desperdigadas. Era ya lo único que nos separaba de la soledad de la tundra. A nuestro paso los perros nos ladraban inquietos. Pareciera como si quisieran avisarnos del inhóspito lugar al que nos dirigíamos.
Sara lideraba la expedición. Su moto arrastraba un pequeño remolque en el que llevaba garrafas de gasolina, un botiquín, provisiones de comida, bebidas calientes y hasta un rifle. Aquí portar rifles es algo normal. De hecho, es obligatorio llevar uno cuando se rebasan los límites de Longyearbyen. Lo hacen para defenderse de posibles ataques de oso polar. Este plantígrado es el más grande de los osos y un enfrentamiento directo con él puede llegar a ser muy peligroso. De hecho, cada año se registra alguna muerte a consecuencia de un encuentro con osos polares. Sobre todo, suele ocurrir en los meses en que tiene lugar el sol de medianoche. En esta época, el hielo desaparece de los fiordos y favorece una huida más rápida de su principal alimento: las focas.
A nuestro lado izquierdo, teníamos la presencia constante del fiordo Isfjord. Y al otro, una cordillera discurría paralela al fiordo formando un pasillo blanco a nuestros pies. Parecía el escenario perfecto para una emboscada. Solo podíamos continuar hacía delante. La ingente cantidad de nubes chocando contra las montañas y la bruma sobre nuestras cabezas ponían el broche a un paisaje abrumador.
Estábamos totalmente solos. Únicamente nosotros frente a una desmesurada naturaleza. Envueltos en una calma inalterable: nada se movía y nada se oía. Me sentía abrumado y a la vez liberado surcando aquel infinito manto blanco. Me encontraba a más de cuatro mil kilómetros de mi hogar. Lejos del ritmo frenético de mi ciudad. Lejos de los ruidos incesantes. Lejos del abarrotado vagón de metro de un lunes por la mañana. Lejos de todas las convenciones de mi mundo. Lejos, muy lejos de todo eso.

De vez en cuando, Sara se retrasaba para comprobar que todo el grupo continuaba el ritmo de la marcha sin problemas. Nosotros le indicábamos que todo estaba bien levantando el pulgar. Como si con aquel simple gesto pudiera expresar todas las emociones que me producía este lugar.
Contratiempos en la inmensidad
Llevábamos tres horas de viaje aproximadamente. Estábamos cerca de alcanzar Tempelfjord, cuando sucedió algo inesperado. Mi motonieve empezó a perder velocidad. Por mucho que apretara el acelerador no conseguía ganar velocidad. Al observar que me retrasaba en exceso, Sara se acercó a mi posición.
—¡Vamos! ¡No tengas miedo! —dijo Sara.
—¡No puedo ir más deprisa! Creo que algo no va bien— respondí incrédulo.
Finalmente, paramos. Sara se bajó de su moto y me dijo que me bajara de la mía. Se subió en ella para probarla. En efecto, pudo comprobar que la moto no ganaba velocidad. ¡Estaba rota! Con esa velocidad no alcanzaríamos Pyramiden en el tiempo previsto. Y regresar a Longyearbyen tampoco parecía la mejor opción: estábamos bastante lejos. Necesitábamos tomar una decisión. Antoine, rápidamente me ofreció ir como pasajero en su motonieve, pero no podíamos dejar la motonieve allí, nos indicó Sara. La nieve y las escasas referencias visuales harían difícil volver a por ella más tarde. Además, no quería arriesgarse a cruzar los fiordos con dos personas en una motonieve. En estas fechas el hielo empezaba a ser quebradizo, y el exceso de peso podía jugarnos una mala pasada.
Sara se fue hacía su motonieve. Agarró un maletín que había en el remolque, lo puso en el suelo y lo abrió. Dentro había un teléfono satelital. Lo encendió y marcó un número sin mediar palabra. Estaba intentado contactar con la empresa. Después de la llamada, nos explicó la decisión que habían tomado: alguien nos traería una moto de repuesto. Era la mejor solución para no poner a nadie en riesgo y no retrasar la expedición en demasía.
—¡Ánimo, esto es solo el principio de la aventura! — dijo Sara para quitarle importancia al contratiempo. —¿Queréis algo caliente? — añadió, mientras sacaba unos termos con bebidas.
Todos respondimos que sí. Total, no había mucho más que hacer en aquel páramo. Para ser sinceros, el café que me sirvió Sara, sabía bastante mal, pero por lo menos te calentabas las manos, pensé. Mientras esperábamos la motonieve de repuesto, charlábamos y a veces, únicamente contemplábamos el paisaje. Cuando estábamos callados, la sensación del silencio más absoluto abrumaba. Era algo a lo que no estaba habituado. Y hacía que pareciésemos más diminutos y vulnerables de lo que ya éramos dentro de aquella naturaleza exuberante y poderosa. En nuestra espera, vimos pasar manadas de renos en busca de las primeras hierbas del deshielo. En ocasiones, vimos focas a lo lejos que se movían ligeramente como rocas que hubieran recobrado vida. Y en una de esas, vimos unas luces entre la bruma acercándose hacía nuestra posición. ¡Había llegado nuestra motonieve de repuesto!

Solucionado el infortunio, continuamos conduciendo hacia los límites del mapa. Avanzamos sin tregua hasta toparnos de lleno con Tempelfjord. Sara, que lideraba la marcha, hizo un gesto con su brazo para que paráramos. Ella se adelantó para comprobar que el hielo del fiordo aún era estable y podíamos conducir sobre el mar helado. Nos indicó que continuáramos. El sol de medianoche aún no había conseguido disipar el hielo del fiordo. Conducir la motonieve sabiendo que lo estás haciendo sobre un mar helado era un subidón de adrenalina que conseguía que nos olvidáramos hasta del dichoso frío ártico.
Superado el mar helado, continuamos rumbo a Billefjord, nuestro último gran obstáculo en la travesía. La vieja ciudad soviética ya estaba cerca.
En ocasiones, la tundra se mezclaba con los glaciares, dando paso a gigantescos bloques de hielo de un azul intenso. A veces, en el blanco de la nieve se dibujaban hileras de pequeñas piedras sin ningún tipo de orden, como si alguien sobre un folio en blanco hubiera pintado trazos irregulares con un lápiz. Y otras veces, la nieve lo cubría todo. Era justo en esos tramos donde el horizonte se desdibujaba entre la nieve y la bruma. No se distinguía con claridad el suelo del cielo. Y no había ninguna referencia en el paisaje, por lo que perder la orientación era habitual. Sin un guía que conociera el terreno era prácticamente imposible salir de allí.

Tras un par de horas más, nos encontramos de frente con el fiordo. Era más estrecho que el anterior, pero más alargado, perdiéndose hacia el interior. Repetimos operación: Sara se adelantó hasta comprobar que el paso era seguro. Justo delante de nosotros, la bruma había dejado al descubierto una gigantesca estructura metálica. Era la grúa del muelle de carga con una cinta transportadora en su parte posterior, como la que pudiera haber en el puerto de cualquier ciudad, solo que aquel escenario silencioso de hielo y nieve la hacían parecer más imponente.
Billefjord permanece helado durante siete u ocho meses al año, por lo que el muelle quedaba inutilizado y los mineros que residían en el asentamiento quedaban completamente aislados durante meses. Nosotros pudimos atravesarlo sin problemas, pero cierto es, que el deshielo empezaba a ser visible en las zonas menos profundas. Al llegar a la altura del muelle, lo flanqueamos por nuestra izquierda hasta rebasar el mar helado.
Una utopía abandonada
Nos detuvimos un poco más adelante, justo debajo de un obelisco de color rojo que se erigía solitario. Debía medir unos cuatro o cinco metros de altura, quizás más. En su base se podía leer la palabra “Pyramiden” escrita en noruego y ruso. Y justo debajo, se encontraba la vagoneta con la última tonelada de carbón extraída de la mina. En ella había una inscripción en ruso que indicaba que el 31 de marzo de 1998 la ciudad fue abandonada. Arktikugol, la compañía minera que regentaba el asentamiento y del cual era propietaria, dio orden de evacuar a sus habitantes en un plazo máximo de 24 horas. Prácticamente no tuvieron tiempo ni de recoger sus pertenencias. El motivo del desalojo no fue baladí: la calefacción central se había averiado. Algo totalmente necesario para poder vivir en un lugar como este.
Desde el obelisco podía contemplarse toda la ciudad. El asentamiento se disponía en torno a una plaza central de la que salían calles en varias direcciones. Todo estaba cubierto de nieve. Los edificios eran estructuras de hormigón de varias plantas sin ningún tipo de acabado ni decoración y con ventanas muy pequeñas al más puro estilo estalinista, como si alguien se hubiera empeñado en arruinar la belleza que los rodeaba. En los aledaños estaban los restos fehacientes de su pasado minero: estructuras oxidadas, vías destrozadas, vagonetas volcadas… y una cinta transportadora surcaba la ladera de la montaña hasta la cumbre para conectar la mina con la ciudad. Y todo ello, con el glaciar Nordenskjöld como telón de fondo de este decorado de película postapocalíptica.
Condujimos unos metros más hasta situarnos al lado de los primeros edificios y ahí aparcamos las motonieves. Estaba nevando de nuevo. Con el casco en la mano, nos dirigimos hacia un hotel. Una numerosa colonia de gaviotas había instalado sus nidos en las ventanas de uno de los edificios que nos encontramos a nuestro paso. Revoloteaban y graznaban sin miedo alguno, como exhibiendo sus nuevos dominios arrebatados a la fantasmal ciudad soviética.
En la puerta del hotel, esperaba una chica pelirroja, esbelta y con cara de pocos amigos. Vestía un mono verde, botas altas y un ushanka, el gorro tradicional soviético hecho de piel y pelo con las solapas laterales para proteger las orejas. También portaba un rifle colgado del hombro. El motivo de llevar rifles era el mismo que en Longyearbyen: protegerse de posibles ataques de osos polares. O tal vez, lo tenía para protegerse de los fantasmas que moraban en esta lúgubre ciudad, pensé con sorna.
—Hola, soy Oksana, vuestra guía en Pyramiden — dijo en tono apático.
—¡Hola! — respondimos todos a la vez.
—Seguidme — añadió sin más, mientras empezaba a caminar.
Seguimos sus pasos entre las calles nevadas hasta la gran plaza que se veía desde el obelisco. El centro de la plaza estaba ocupado por una escultura circular que era el símbolo de la empresa minera. El nombre de la compañía estaba inscrito alrededor del círculo con fondo negro y justo debajo dos martillos en forma de aspa. En el interior del círculo aparecía la zona del globo terráqueo correspondiente al Círculo Polar Ártico con la indicación de “79 grados Norte”. Y por encima del globo terráqueo un oso polar sobre un estandarte rojo. Al final de la plaza se encontraba el Palacio de la Cultura. Y hacia él nos dirigíamos. Poco antes de llegar a la entrada, había un Busto Lenin que miraba hacia el lado opuesto, como si quisiera vigilar todo lo que ocurría en la ciudad y controlar los barcos que se aproximaban a ella.

En el interior del edificio, un amplio vestíbulo nos daba la bienvenida. En las paredes había mosaicos murales mostrando obreros felices en paisajes idílicos, como en todas las ciudades soviéticas. ¡Todo lo feliz que se puede ser a 20 grados bajo cero, claro!, pensé, todavía con el frío en el cuerpo. Y banderas que anunciaban: ¡Gloria a la ciudad minera!, ¡Gloriosos los mineros de Spitzbergen!
—¡Mirad! — dijo asombrado Logan, señalando una mesa al fondo. En la mesa, unas fichas de ajedrez se disponían sobre el tablero en una jugada maestra, aguardando impasibles el último movimiento. Quizás, fue el jaque que esta naturaleza hostil hizo a una próspera comunidad que acabó sucumbiendo.
—Continuemos — interrumpió Oksana, con su habitual apatía — Arriba hay más — añadió, señalando las escaleras de madera que conducían al piso superior. El crujido de los peldaños al pisarlos ponía la nota tétrica. En las ventanas del descansillo, varias plantas yacían sin vida sobre las macetas. Me pregunté qué las mató antes, si la falta de agua o la pena de vivir en la soledad más absoluta. En una de las estancias se ubicaba una cocina. Todo estaba tirado y desordenado, como si hubiera ocurrido una catástrofe. ¿Solo una calefacción central rota provocó tanto caos? Sinceramente, era extraño.
Pero no siempre fue así. Ni mucho menos. Durante las décadas de la guerra fría, fue una próspera ciudad minera a la vanguardia de la utopía soviética. En este paraíso ideal todo era gratis: la guardería, la escuela, el hospital, el alojamiento en edificios con calefacción central… Los felices mineros solo necesitaban el dinero si pretendían acudir al bar. Además, la ciudad brindaba a su proletariado de una extensa propuesta cultural. Había polideportivo, teatro, sala para ballet, cine, biblioteca, piscina cubierta, un museo… Y para autoabastecerse durante los meses en que el fiordo permanecía helado contaban con invernaderos para cultivar verduras y granjas de cerdos y pollos. Sus calles se engalanaban permanentemente con flores y céspedes de hierba rusa importada. “Pyramiden fue la utopía llevada al extremo en el extremo Norte”, como apuntó el escritor noruego Kjartan Fløgstad en su libro Pyramiden, retrato de una utopía abandonada.
En el exterior continuaba nevando. Oksana nos llevaba ahora hacia el edificio contiguo. En él se ubicaba el polideportivo. En la fachada, había un dibujo de una mano que sostenía la llama olímpica y dentro se hallaban una piscina y una cancha de baloncesto desangeladas, sucias y sin rastro alguno de vida. Y en las paredes, carteles medio caídos que un día animaron a sus atletas a correr más rápido y saltar más alto.

La mayoría de los trabajadores de Pyramiden provenían de las regiones mineras de Ucrania y, también de la ciudad rusa de Tula. En realidad, nadie venía aquí de por vida. Los mineros estaban destinados en Svalbard dos o tres años, según lo que acordaran en el contrato con la compañía minera. Tras cumplir el contrato podían volver al socialismo de tierra firme y establecer un hogar en cualquier lugar de la Unión Soviética. Oksana, nos había comentado que, en los años de mayor prosperidad, la ciudad llegó a albergar a más de mil personas.
—Bien, continuemos la visita — dijo Oksana, intentando llamar nuestra atención. — Ahora iremos a ver el cine y el teatro, y después regresaremos hasta el hotel — explicó. — Por cierto, ¿Qué os pareció la travesía hasta aquí?
—¡Es alucinante! ¡Esto parece otro planeta! — dijo Sophie.
—Es cierto, Svalbard es un lugar muy especial — afirmó Oksana. — ¿Os habéis encontrado osos durante el trayecto?
—¡No! ¡Ni uno! —dijo Logan con tristeza.
—¡Una pena! —añadí yo.
Durante el camino hacia el cine, Oksana continuó la conversación, como esforzándose por no parecer apática. Al igual que en la cocina, el cine y el teatro parecían los escenarios de una huida repentina causada por algún desastre natural. No lograba entender por qué tanta premura por abandonar todo a su suerte. Hubo quién dijo que el motivo real de la evacuación fue que la extracción de carbón ya no era rentable, y menos hacerlo en un lugar tan inhóspito y apartado como este. Sin embargo, seguía sin verle sentido. Cerca de Longyearbyen, se encuentra Barentsburg, otro asentamiento ruso cuyo pasado minero fue similar al de Pyramiden. Sin embargo, Barentsburg nunca se abandonó. Y sigue hoy en día extrayendo carbón. Entonces, ¿por qué se abandonó Pyramiden? ¿Por qué fue desmantelada la más perfecta utopía soviética de la noche a la mañana? A lo mejor al recién nacido estado ruso le incomodaba cualquier signo vivo del pasado. Sea como fuere, los últimos proletarios de la URSS fueron traídos de vuelta al continente en la primavera de 1998.
Incierto porvenir
Estábamos de vuelta en el hotel. Oksana nos invitó a entrar para tomar algo como agradecimiento por la visita. Subimos unos cuantos peldaños que separaban la puerta de la acera, entramos y dejamos los abrigos en un perchero junto a la puerta. Las paredes del vestíbulo estaban revestidas de una vieja moqueta. En uno de los lados, una barra de madera cruzaba el vestíbulo longitudinalmente, y tras ella, había un camarero de pie con un uniforme rojo y negro. Y al otro lado, varios sofás completaban la estancia.
—¿Té o café? — preguntó Oksana, señalándonos con el dedo. —¿Cuántos quieren té? — preguntó Sara, mientras levantaba la mano como esperando que imitáramos su gesto. Todos levantaron la mano, salvo Antoine que prefirió café.
El hotel Tulip, que así era como se llamaba, reabrió hace pocos años con el propósito de fomentar el turismo en la zona. El alojamiento continúa siendo propiedad de la compañía minera Arktikugol al igual que todo el asentamiento. La empresa minera era una compañía estatal de la Unión Soviética, y en la actualidad es propiedad del gobierno de Rusia. Desde que reabrió el hotel, viven en la ciudad 3 personas permanentemente atendiendo el hotel y vigilando las instalaciones. En verano, llegan a ser hasta diez personas las que viven aquí. Parece que el gobierno ruso se ha vuelto a mostrar interesado por aquel viejo asentamiento en el extremo Norte del mundo.
—Chicos, debemos irnos ya — dijo Sara, cortando en seco la conversación. —El tiempo está empeorando y debemos regresar a Longyearbyen — añadió. Nos despedimos de Oksana y le agradecimos su hospitalidad. Minutos después y con las trescientas capas de ropa puestas salimos al exterior. Nos pusimos de nuevo los guantes y el casco y limpiamos la nieve que había caído sobre las motos.
Iniciamos la travesía de vuelta, dejando atrás aquel misterioso lugar. En pocos metros era ya casi imperceptible, tapado por la densa niebla.
Quién sabe si Pyramiden volverá a resurgir, ahora que el calentamiento global amenaza con abrir nuevas rutas comerciales en el Ártico. Quién sabe si ocupará de nuevo un lugar notorio en el mapa o si, por el contrario, continuara en el olvido en este extremo lugar del mundo, impasible al paso del tiempo.
Lo que está claro es que este Pyramiden utópico y abandonado siempre permanecerá en mi recuerdo. Será difícil olvidarme de un lugar así. Un lugar rodeado de tanto halo de misterio. Un lugar envuelto en la naturaleza más salvaje y cercado por el más inhóspito de los climas. No será fácil olvidar todo lo que he vivido y sentido aquí. No lo será.

